ESLOVENIA Y CROACIA

Noviembre de 2023

La foto que me hago en el cartel de la frontera lo delata: la niebla de las mañanas y el frío de las noches alternado con el calor del fuego y el bungalow del camping me han puesto en el cuerpo un señor resfriado.

Mientras ruedo por una estrecha carretera rural , una mujer camina por la carretera, y al pasarla:

     - Hello! – doy media vuelta

     - ¿Sabes dónde hay una farmacia?

     - No la hay en unos cuantos kilómetros, aquí son todo aldeas. ¿Por qué?

     - Necesito comprar algunas medicinas.

     - ¿Y vas así en manga corta? – me dice riñendo

     - En manga larga sudo demasiado y luego me quedo frío

     - ¡Soy médico! Dime qué necesitas. Mejor ven a mi casa

Mientras tomo un te caliente en casa de Tina la frente se me pone ardiendo.

      - ¿Será fiebre? – pregunto

    - No. De la calle a aquí hay mucha diferencia de temperatura y tu cuerpo ha reaccionado calentándose. Creo que no tienes nada grave. Tómate esto, uno al día, es fuerte.

Tina me deja un medicamento similar al ibuprofeno de un gramo y unas vitaminas. 

Esa noche la temperatura desciende por primera vez hasta los 0 grados. Por la mañana la tienda y las alforjas están cubiertas de escarcha, mi resfriado también empeora y voy decidido a encontrar un lugar para pasar algunas noches antes de que me venga una pulmonía.

En el pequeño pueblo de Vipava reservo un camping para varias noches.

    - Está cerrado ahora mismo y no te voy a cobrar dinero estando solo tú. Deja una reseña en google maps y quedamos en paz

    - Gracias Damyana

    - No no, la “j” se pronuncia como “i” en Eslovenia

Paso tres días en el camping, en un cobertizo que normalmente está dedicado a comedor del camping, que básicamente es el jardín de su casa. Damjana me trae de tanto en tanto una tetera llena de té caliente con miel. Pero es difícil para mi estar ahí todo el día, me recorro todos los bares del pueblo bebiendo té con miel. Eslovenia es uno de esos países donde gusta la oscuridad, las farolas están muy lejos unas de otras y caminar por la noche es hacerlo en la penumbra.

Estoy en una zona rural, de aldeas diseminadas entre el bosque y los viñedos, que son numerosísimos en esta zona, con montañas no muy altas pero con fuertes pendientes, me recuerdan un poco a las del País Vasco, que comprobaré en los próximos días. Eslovenia también es un país católico, la Yugoslavia menos yugoslava diría yo, y es fácil ver una escultura de un santo o virgen en muchas esquinas del pueblo. El domingo a las ocho de la mañana se celebra la misa, con la iglesia llena hasta la bandera.

En estos días planifico la ruta para el próximo mes: iré hasta la capital Ljubliana, recorreré el norte de Croacia y toda Bosnia-Herzegovina, un país multicultural y extraño que me atrae bastante, y acabaré en la costa sur de Croacia para dar la bienvenida al invierno en la costa adriática, donde también espero reencontrarme con David y Elena.

Camino bastante en estos días y también pedaleo hasta el vecino pueblo de Ajdovscina, donde paro en una cafetería a tomar el té y escribir mientras escucho música en una fría y soleada mañana:


Este camino está desgastado

Pero puedes hacer el tuyo propio

Mis lagrimas caen por ti

Los ríos te llevarán a casa

Y mientras tus pasos recorren este suelo

Deja que tus miedos desaparezcan

Deja que cada paso sea tuyo

Tienes las estrellas para guiarte

La luna en tu frente

Eres el hijo del océano

La marea está subiendo ahora

Mantén el fuego encendido toda la noche

Mantén tus palabras mojadas con la verdad.

Deja que el ritmo de los antiguos marque el ritmo por ti.

Estos pasos son tuyos, pero estamos aquí para ayudarte.

Deja que tu visión sea fuerte

Confía en lo que ves

Deja que tu viaje sea tan profundo como el océano

Profundo como el océano…

 

[...] 


En plena noche acabo encontrando un cobertizo de madera junto a una casa que supongo abandonada, pues la entrada y las ventanas están cubiertas de polvo, me asomo por una de las ventanas y veo unas escaleras, también polvorientas -aquí no vive nadie-. Coloco la tienda en el cobertizo de madera cuando de repente veo una luz dentro de la casa. Vuelvo a tocar y un tipo rudo, de unos sesenta años, abre la puerta. Intento pedir lugar en el cobertizo, pero difícilmente nos entendemos chapurreando algo de alemán.

     -Ah no, eso no es un hotel

     - No no, es para poner mi tienda de campaña

Se asoma a ver de qué guisa voy y cuando ve la bicicleta y la tienda acepta a que me quede. Entra a la casa y vuelve a salir con varias cervezas, abre una habitación de nuevo polvorienta, hasta arriba de herramientas, máquinas del campo y un tractor y con todo el suelo lleno de latas de cerveza, paquetes de tabaco, cartones… un desastre.

Joseph luchó en la guerra de Bosnia cuando tenía treinta años. No sé cómo le fue, pero al hablar de semejante barbarie baja la cabeza y vuelve a echar enormes tragos de cerveza. Después de mostrarme orgulloso una nueva taladradora, su última adquisición, reparo en la tapadera para la olla que compre hace unos días. Necesita agujeros para que el vapor salga y este parece el momento. Hace cinco agujeros perfectamente equidistantes y en círculo.

    -Creo que son pocos – parece decir

Echa unos tragos más de cerveza y sigue taladrando mientras me habla en idioma inteligible. Al final la tapadera acaba llena de agujeros irregulares.

Pasamos a una habitación en su casa donde tiene la caldera, igualmente llena de basura y leña, y seguimos bebiendo cerveza junto al fuego, la borrachera es inevitable. Empieza a poner música tradicional de Eslovenia con unos tipos en leotardos acordeón en mano. Me pide alguna canción típica de España, y pongo "Entre dos Aguas" de Paco de Lucía. Joseph esboza una sonrisa con los primeros punteos. Usamos el traductor para hablar

      -El otro día fue mi cumpleaños, mira lo que me regalaron

Orgulloso saca una pistola de bengalas, la carga y, en la calle, lanza una roja bengala al cielo.

Los últimos días en Eslovenia transcurren tranquilos, junto al verde valle del rio Krka, que discurre por un valle entre pequeñas y encrespadas cumbres. Aparecen también las granjas de hairy coo, esas vacas peludas con flequillo típicas de las Highlands escocesas. Muchas casas de estas aldeas diseminadas, donde hay pocos pueblos, tienen un cristo crucificado a tamaño real en la entrada, con la mirada apuntando al cielo y sangre en el costado. Un "buen" recibimiento para ir a tomar café a casa del vecino.

En una casa paro a pedir agua y un tipo me invita a pasar. Debe pasar los cuarenta años y su mujer debe rondar los veinte. Es muy tosco, parecido a Joseph, y habla gritando.

     -¿De dónde vienes?

     - De España – contesto

     - Shh. Baja la voz. Nuestro niño está durmiendo

Cuando me dispongo a irme empieza a sacar carne del congelador para que me la lleve: piernas de cordero, costillas… Rechazo el ofrecimiento

El frío avanza cada vez más y en la última noche en Eslovenia pido lugar para dormir en una iglesia, el tipo al que le pregunto hace varias llamadas y me dice que es imposible. Acabo acampando en el pequeño techo de la entrada, que permite que en la mañana solo se escarche la mitad de la tienda. Por suerte el saco de dormir está respondiendo más que bien a estas bajas temperaturas.

 

 ***


Cruzando el gran rio Kolpa me despido de Eslovenia y paso el cartel que da la bienvenida a la Republika Hrvatska. Estamos en Croacia.

Primeros kilómetros con paisaje similar a Eslovenia, aunque desaparecen las aldeas diseminadas y aparecen pueblos con todas las casas juntas. El frío de estos días también continúa. Reparo entonces en que necesito gas para la cocina, que normalmente solo encuentro en Decathlon o Bricodepot y los más cercanos están en la capital, Zagreb, a unos cien kilómetros al norte de donde estoy y a donde no tenía pensado ir. Tomo, pues, desvío hacia Zagreb.

Por una carretera secundaria y justo cuando voy pensando en los pocos cicloviajeros que me encontraré a partir de ahora, aparece una chica con bicicleta y alforjas. Francesa, de 35 años, matrona de hospital, ha cogido una excedencia para viajar en bici sola hasta Turquía y Georgia, de donde está volviendo tras cinco meses de viaje.

A veinte kilómetros de Zagreb paro en uno de los pocos campings que siguen abiertos a finales de Noviembre. En la capital consigo dos bombonas de gas que me aseguran un mes de cenas, café y duchas calientes.

Los días se van acortando considerablemente y a las cuatro ya es de noche, el frío avanza día tras día y encontrar un techo es la prioridad de la tarde. El día que salgo de Zagreb encuentro una habitación abierta en un cementerio en una noche en la que se alcanzan los cinco grados bajo cero. La receta de sopa de verduras que copié de Marc con fideos, zanahorias, puerro, cebolla y brócoli es todo un alivio para el cuerpo en estas frías noches.

Por la mañana una densa niebla oculta el Sol toda la mañana y hasta el medio día no se alcanza el grado positivo. Sobre la bici noto mis pies muy fríos, cada vez más; saco otro par de calcetines gordos, y luego otro más; a la desesperada me pongo dos bolsas de plásticos entre el calcetín y la zapatilla sin efecto. - ¿Qué demonios pasa?

Durante un rato me quito la zapatilla y los pies empiezan a entrar en calor. Mi teoría es que la humedad o el sudor se han congelado en la membrana del empeine y actúan de refrigerador para el aire que entra de afuera. – Si el problema es la zapatilla, afuera.

Sigo pedaleando en chanclas, a medida que los pies vuelven a coger una temperatura normal. Incluso tengo que quitarme pares de calcetines, con dos me basta. Sí, debe ser muy extraño para alguien que me vea, alguien que por otra parte son casi nadie los que deambulan por estas pequeñas carreteras rurales. 

Respecto a los croatas, y que me perdonen, poco bueno puedo decir: gentes serias que me ignoran si saludo e incluso alguno me niegan agua cuando pido.

Pasando la ciudad de Petrinja, el paisaje se vuelve similar al rural esloveno: aldeas con casas diseminadas donde es difícil encontrar un supermercado. En una casa abandonada, pero más o menos limpia, paro dos noches para esquivar un dia de lluvia. Después de todo un dia aburrido, sin internet y con la mala onda que me están pegando los croatas, me decido a dar una vuelta por la aldea. El panorama bien podría ser el de una película de terror: calles en penumbra desde las cuatro de la tarde, casas abandonadas, muchas de ellas sin techo y árboles que el avanzado otoño ya ha desnudado.

A pesar del desolador entorno, el paseo estira mis pensamientos como acordeón cogiendo aire para volver a sonar y estoy algo más despejado. Voy de vuelta a mi campamento cuando un enorme pastor alemán se lanza a ladrarme y se queda a medio metro mío, en ese momento aparece otro pequeño perro que, bajo la protección del grande, se lanza a morder al tobillo, al que no consigue apenas llegar gracias a mis dos pares de gruesos calcetines. Desde el porche de una casa, el dueño los llama para que vuelvan, sin mayor preocupación. Tras unos segundos los perros vuelven.

     -¿Te ha mordido? – parece preguntar

     - ¡Sii, joder! ¿No lo has visto? 

     - Ah…

Ahí acaba la conversación.

Al día siguiente paro en una comisaría de policía para asegurarme de que puedo entrar a Bosnia sin pasaporte. Primero me dicen que no y tras preguntar a un superior dicen que sí. Aún no me acaba de quedar del todo claro.

Paro en el fronterizo pueblo de Dvor para hacer unas últimas consultas en internet y enviar unos últimos mensajes con el móvil antes de quedarme sin datos, Bosnia es país extracomunitario y no hay roaming. En la aduana me aceptan el DNI sin mayor problema y cruzo el rio Una, que separa ambos países. Tras solo cuatro días en los que poco esperaba y poco me han aportado, salgo de Croacia; aunque el recorrido que haré en el sur será bien distinto. Ahora estoy algo nervioso: se viene un nuevo país en pleno corazón de la ex-yugoslavia, con un violento pasado, poco acostumbrado a los turistas y con buena parte de su población profesando el Islam.



Algunos caminos son geniales en otoño





Resfriado al canto









En el camping de Damjana










El rural esloveno
















Castillo de Ljubliana










Hairy coo










Probando su regalo de cumpleaños









Bienvenidos









Ni la rosita se libra de la escarcha









En Zagreb, no se qué significa









El otoño avanza...









...y el frío también









Cementerio en Croacia