EL SALVADOR Y HONDURAS
Febrero de 2025
En la
frontera cambio quetzales por dólares estadounidenses que es la moneda que
opera e El Salvador desde 1991. Avanzo por la atestada Carretera Panamericana
bajo un sol de justicia, a pesar de ser plano me cuesta pedalear, con este
tráfico de nuevo mi energía se dispersa y es difícil concentrarse en la
pedalada.
Con este
derroche energético siento un hambre voraz y me acabo comiendo dos asquerosas
hamburguesas en un puesto junto a la vía. Compruebo también que los
salvadoreños son algo distintos físicamente a los guatemaltecos, piel algo más
clara y ojos grandes y redondos.
A las 3 de
la tarde digo basta, no puedo pedalear, ni quiero hacerlo por aquí. Acampo a la
orilla del rio El Rosario, no tan contaminado como otros que llevo viendo,
junto a las sombras de grandes árboles tropicales. Después de un baño me
encuentro mejor, mi temperatura corporal baja, aunque de mis brazos sigue
saliendo fuego, y la energía parece haberse restaurado. Mirando el mapa decido que
mañana dejaré esta caliente zona y me dirigiré de nuevo a las montañas, a los
frescos bosques cafeteros.
En la noche
y poco antes de irme a dormir, tres luces avanzan rio arriba, despacio y
apuntando al agua. Tres jóvenes andan buscando peces para lanzar su varilla
apuntalada desde una goma elástica, como pescaba Julio.
El calor y
los mosquitos me hacen difícil conciliar el sueño y justo al amanecer alguien
enciende su motor para subir agua a un depósito. Definitivamente me voy hacia
las frescas y tranquilas montañas. A pocos kilómetros de Acajutla me desvío por
un camino deforestado en sus alrededores, lleno de arena por el fuerte sol que
se despliega sin obstáculo alguno. Empujo la bicicleta por fuertes pendientes y
cuando paro a tomar el enésimo trago de agua caliente alguien me llama desde
una casa. Tomo litro y medio de agua fresca y me regalan todo un manojo de
plátanos que me darán la fuerza para llegar hasta el pueblo de Santo Domingo.
- Tienes
suerte de que el país esté sano, antes no hubieras podido andar por aquí – me repiten lo que me dijo la esposa de Julio.
Entre 2010
y 2019 los grupos de pandilleros o maras tenían control total sobre el Salvador,
mediante la extorsión de los negocios financiaron su actividad y desde
políticos a policías obedecían instrucciones sin rechistar. Era uno de los
países con mayor criminalidad del mundo con una tasa que llegó a 100 homicidios
por cada 100.000 habitantes. En ese mismo 2019 el nuevo presidente Nayib Bukele
prometió acabar con la situación de inseguridad, se construyó entonces la mayor
prisión de América Latina y en pocos meses se encarceló a más de 40.000 pandilleros,
la mayoría sin juicio previo usando como criterio de detención los tatuajes de
la pandilla a la que pertenecían. Las extorsiones y asesinatos prácticamente
desaparecieron y desde entonces el Salvador es el país con menor criminalidad
de América Latina.
Por encima
de los 1000 metros de altitud el paisaje se torna verde y algo más fresco, con
grandes árboles que dan sombra a la tranquila carretera por la que avanzo. Uno
de ellos es realmente espectacular, el más grande que he visto: un amate que
debe tener como 50 metros de diámetro entre sus ramas y un tronco que
necesitaría de muchos pares de brazos para rodearlo. Hago una parada bajo su
sombra
A la noche
encuentro una pequeña iglesia en un recodo del camino, con una entrada de
hierba bien cuidada y recortada. Ni me lo pienso y acampo. Al poco rato unos
vecinos se acercan y me hablan de nuevo del tema de moda:
- A
estas horas era impensable estar en la calle, no más en casa y rezando porque
nadie tocase a la puerta.
También me
hablan del fuerte terremoto de 2001 que destrozó casi todas las casas de esta
aldea y algunas las sepultó por los grandes deslizamientos que ocurrieron en
estas laderas de tierras blandas. En la mañana, justo al despertar, notaré de
nuevo un pequeño temblor, aunque nada que ver con el de Guatemala.
En
Salcoatitán veo las bonitas cascadas de Monterrey, con incluso una piscina
natural donde me refresco a mediodía. No así en las famosas de Juayúa donde es
necesario un guía para visitarlas que cuesta 15 dólares.
En San José
de la Majada encuentro un complejo deportivo con zonas de barbacoa, con césped,
el encargado me deja poner la tienda donde pasaré cuatro noches. En este fresco
ambiente, con varios chaparrones en las tardes a pesar de la estación seca, me
dedico a recorrer los bosques cafeteros de los alrededores durante horas.
Paso la
bonita ciudad de Santa Ana y su enorme catedral neogótica que bien podría
tratarse de cualquiera en Centroeuropa. En la tarde de nuevo desciendo hacia el
paisaje tropical y José me permite acampar en su finca de cocoteros. Se marchó
a Estados Unidos en el 83, poco después de empezar la guerra civil, se planteó
volver años después pero sus parientes le aseguraban que la situación con las
pandillas era incluso peor. Volvió con sus ahorros cuando la situación mejoró.
Continúo
por estas solitarias carreteras deforestadas y con calurosas subidas, algunas
tardes traen pequeñas tormentas durante las cuales sigo pedaleando con gusto,
con sabor a sal en los labios por la deshidratación. Después de la lluvia queda
una gran sensación de limpieza, en mí y en el paisaje, los árboles tienen un
brillo más especial ahora.
Sigo
atravesando los bonitos pueblos coloniales del norte del país, de casas
coloridas y cuidadas, bonitas iglesias y parques ajardinados junto a estas y,
porqué no decirlo, también bonitas mujeres como ya me dijo Julio. En el pueblo
de San isidro el padre Jacinto me deja instalarme en un bonito jardín junto a
la iglesia. Esta zona del país es bien
apegada a la religión católica.
Charlo con
el padre:
- Cuando
fui destinado a Honduras también nos visitó un viajero francés en moto, se
quedó toda la Semana Santa, estuvo leyendo en las misas.
- (Este
me quiere poner a dar misa)
A la mañana
siguiente quedo escuchando a dos hombres que parecen colaborar en la iglesia:
- Ya
habría que mover esos bloques
- Quizás
lo haga el párroco
- El
párroco no puede mover bloques
- ¿Por
qué?
- ¡Porque
es párroco!
Paso la bonita
Sensuntepeque e inicio una bajada por un camino en malísimas condiciones por el
que paso el mediodía bajo un calor de justicia. A la tarde me encuentro mal,
estoy cercano a una insolación, hasta que me topo con el gran rio Lempa y me
doy un baño.
De los 50
metros a los que estoy subo a los 1000 de ciudad Barrios en unos 40 kilómetros
en un día en el que solo como algunas frutas, pues la insolación me afectó
también ayer a la digestión.
Paro a
visitar la enorme cascada de la Sirigua, de unos 50 metros de caída y en la
noche llego al pueblo de Jocoro, que significa “Tierra de Fuego”. Se me hace de
noche y un señor que sale de una iglesia evangélica me invita a pasar la noche
en su casa. Me huele a sermón...
Moisés es
el hombre más devoto que conozco en todo mi recorrido y lleva el evangelio al
pie de la letra. Cenamos:
- Solo
como las cosas permitidas, en el Evangelio dice que no se debe comer cerdo, el demonio entra a través de ese animal. Tampoco tomo camarón ni marisco, son los
carroñeros del mar, solo pescado con raspa; y las aves, hay que evitar las que
palmean como el pato.
Por el
tremendo calor que hace acepto dormir en la hamaca. Una vez recostado y con la
luz apagada, Moisés se pone de pie junto a la hamaca:
- Cierra
los ojos. “Señor protege a tu hijo que anda recorriendo el mundo y hoy trajiste
a mi casa, guíalo por tu camino para que no sufra ningún mal…”
Después del
rezo con cruz en la frente incluido intento dormir, sin éxito, la hamaca no es
para mí, así que saco mi esterilla y duermo en el fresco suelo. Por la mañana y
biblia en mano, Moisés se sienta en el sofá y me lo veo venir:
- Siéntate
a mi lado -dice indicándome el sitio junto a él- te voy a leer…
- No
gracias, debo cruzar una frontera.
Salgo del
pueblo en domingo a las 7 de la mañana y la iglesia católica ya está llena a
reventar.
Hasta este
último día he estado dudando si entrar a Honduras o cruzar directamente en
barco a Nicaragua por el Golfo de Fonseca. A cada persona que he preguntado
estos días me dice que es peligroso, es el país con mayor criminalidad del
mundo. Aún con todo será un país que cruzaré en dos días por la carretera
panamericana y me dirijo hacia la frontera.
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En la
frontera del Amatillo decenas de personas se agolpan esperando ganar unas
lempiras a cambio de indicaciones. El ambiente invita al nerviosismo, más aún
cuando alguien agarra mi bicicleta por la parte trasera. Unos metros mas
adelante un tipo se dirige hacia a mí gritando
- ¡Inmigración
es ahí, deja aquí tu bici y tu ve por ahí!
Ni hablar,
paso la bici adentro de la sala y después de pagar 3 dólares entro a Honduras.
A las 12
del mediodía la temperatura es de 39°C y con esta sensación de cierto miedo decido
ir a un hotel, elijo la habitación sin aire acondicionado y entre el sudor y el
ventilador intento dormir un poco. A la tarde me doy un paseo por el pequeño
pueblo y dejo atrás el cierto nerviosismo que traía.
Continúo por
la carretera Panamericana por la que recorreré tan solo 120 kilómetros hasta la
frontera con Nicaragua. Avanzo entre un paisaje algo desolador: mucha
deforestación, que acrecienta el calor, o árboles que han sido incendiados,
casas pobres de adobe y maltrechas al lado de la carretera, donde también viven
niños que conviven con el ruido de los camiones y un fuerte olor a plástico
quemado por los incendios que prenden en los basureros; muchos perros muerto
sobre el asfalto y numerosos buitres que ya empiezan a devorarlos por la parte
más accesible: los ojos.
En Nacaome atravieso
su caótico mercado atestado de gente, aquí es famoso el pescado seco y salado,
cuyo olor ocupa todo el mercado. Tras 84 kilómetros de calor y tráfico llego a
la ciudad de Choluteca, entre casas con doble alambre de espino en sus muros
exteriores.
Me permiten
quedarme en la Cruz Roja. Coloco la tienda en un enorme patrio trasero donde
guardan las lanchas que usan durante las frecuentes inundaciones en la ciudad
en época de lluvias. Una suave brisa augura una noche algo más fresca, nada más
lejos pues cuando voy a dormir la brisa para y vuelve el calor, en este caso
unido a la música del lavadero de coches que tengo al otro lado de la valla que
estará hasta las 12 de la noche.
Camino al
pueblo fronterizo de Guasaule veo a muchos hombres entre los árboles, andan
cazando iguanas, es increíble verlos caminando descalzos sobre las ramas. Dos
de ellos me traen una enorme y me la ofrecen colocándola en el manillar de mi
bicicleta.
- ¿Para
qué es? – Pregunto
- Mucha
plata, mucha plata
Pobre
iguana