GUATEMALA
Enero
de 2025
En Gracias a Dios, decenas de vendedores se
agolpan en la calle que lleva a la aduana para los mexicanos que quieran
comprar algo a precio más económico. Las ropas de las mujeres se tornan
coloridas, con largas faldas y cargan a sus niños envueltos en una tela sobre
la espalda que llevan anudada desde la cintura hasta el hombro. El gris
hormigón de México se transforma en casas coloridas, con buena presencia a
pesar de ser tan humilde o más que el sur mexicano, apenas si hay cosas en las
casas.
En la aldea de Guaxacaná las autoridades me
ceden la auxiliatura municipal para pasar dos noches, aunque por el dia este
lugar esta ocupado de contínuo, pues no paran de tener reuniones con los residentes
para repartir el trabajo en el municipio. Muchos de los que asisten a las
reuniones llevan algo parecido a una porra con una cuerda en la mano, me dicen
que es para golpear y apresar a posibles ladrones, para que los vean. Guatemala
es uno de los países con máyor criminalidad del mundo.
A la noche me ducho en un pequeño apartado
a la entrada de la auxiliatura, con apenas un plástico entre mi yo desnudo y el
parque principal, suerte que ya es de noche y no hay nadie pues el fuerte
viento no para de levantarlo. Después de la reunión todo por fin queda en
silencio después de una tarde muy ruidosa en la aldea.
Cuando pregunto algo a los niños en la
calle éstos quedan en silencio, como qué decir y cómo, y es que aquí, como en
casi todo el país, se hablan dialectos y el castellano es casi la segunda
lengua; aquí es el Chug. Todas las calles de la aldea son de tierra y hay un
continuo vaivén de mujeres llevando baldes sobre sus cabezas, algunas ni los
sujetan con las manos. Es llamativo ver como tambalean ligeramente la cabeza
para mantener el equilibrio del balde mientras caminan.
Una vez paso el bonito rio Azul, rodeados
de ceibas y altísimos árboles, me desvío por un camino de tierra que me
conducirá a las altas montañas de los Cuchumatanes. Esta primera subida
discurre entre el bosque, junto a un pequeño rio que de tanto en tanto forma
pequeñas cascadas, solo le faltaría no estar tan contaminado. En esta primera
subida por caminos noto, en primer lugar, que la ausencia de tráfico permite
conectarse con uno y con el entorno, mi ritmo va “a tiempo” sin derrochar ni
una pizca de energía. Como se debe de mover una bicicleta de 60 kilos.
En la aldea de Lupiná descubro un campo de
fútbol en plena montaña tropical, en un principio lo paso de largo hasta que
caigo en cuenta que es un buenísimo lugar para acampar y me doy media vuelta.
La mañana de lluvia augura un día de descanso y a la tarde cuando me preparo
para la siesta, decenas de chicas llegan al campo.
- - ¡Hoy hay jugada!
En vista de que no habrá siesta me llevo
mis bártulos al córner y me quedo viendo las dos horas de partido. Una de las
mitades del campo queda inclinada hacia arriba, llena de resaltos, lo cual hace
bien difícil llegar a esa portería.
En San Antonio Huista paro a lavar mis
cacharros de cocina en la gasolinera y Ángel, el encargado, me regala un kilo
de café, que abunda bastante en esta zona:
-
¿No has tenido problemas aquí?
A mi sobrino de 20 años lo mataron hace unos meses por entrar en negocios
raros.
Empiezo una tremenda subida por camino de
tierra con pendiente al 10% y tramos 17% que casi en su totalidad hago sobre la
bicicleta a unos 4 km por hora. Consciente en cada pedalada y buscando el
trocito mas llano, de nuevo sin desperdiciar ni una gota de energía, toda
concentrada en la subida.
En el atardecer, que paro a ver desde un
recodo del camino, estoy cerca de los 2000 metros de altitud y se viene una
fría noche. La música de orquesta proveniente de la aldea de Positos y que
retumba en todo el valle augura mal descanso para una acampada.
- - ¿A qué hora acabaran? –
pregunto a un hombre
- - Un ratito no más
Craso error porque son las fiestas de la
aldea y por las calles merodean borrachos dando tambaladas y mujeres que hablan
quetzal me miran desconfiadas. El campo de fútbol donde quería acampar es el
lugar de la fiesta.
Por suerte, en la tienda donde paro a
comprar, Daniel me ofrece quedarme en su casa. Con 36 años, familia y una casa
de dos plantas mantiene su sueño, como tantos en Guatemala, de emigrar a los
EEUU y trabajar, como ya han hecho varias familias. Charlamos:
- - Tu casa es una de las mejores
en esta aldea, si no consigues ir a los Estados no creo que haya problema – le
sugiero
Sigo por estas duras y polvorientas subidas
hasta la ciudad de Concepción Huista, que no tiene acceso por asfalto. Los
autobuses que me encuentro de camino, a parte de ir decorados y tuneados con
colores y versículos de la Biblia, llevan ruedas de tacos.
Cabezón de mi que parezco no tener bastante
de cuestas me meto por una ruta alternativa durísima que me llevará hasta aldea
Chichim para batir mi récord de altitud en este viaje. Paso la tarde empujando
la bicicleta y elevándome sobre las montañas en una espectacular vista de
nieblas que ascienden desde el valle y que a la tarde ocuparán el lugar donde
me encuentro.
Agotado llego a una pequeñísima aldea de
apenas cinco casas. Los residentes, si bien algo desconfiados al principio,
acceden a que duerma en la escuela para resguardarme del frío propio de los
3000 metros de altitud. Acabaré pasando tres noches aquí, con una alegre mujer
que me trae café cada mañana y hasta leña para cocinar en el fogón que hay en
la escuela, puesto que no me queda gasolina para mi cocina. Las tardes las paso
por estos caminos de increíbles vistas y frecuentados por hombres que cargan
haces de leña a sus espaldas.
Esa segunda tarde y después de una siesta
noto un fuerte malestar en todo el cuerpo: dolor de cabeza, digestión
entrecortada y un fuerte cansancio que se apodera de mí.
- - ¿Y esto a qué viene?
Es el mal de altura, que nunca había
experimentado. He hecho bien en parar dos días para aclimatarme a él.
Por el sendero Puerta del Cielo que me
llevará al paso de los Cuchumatanes de 3600 metros de altitud tengo unos
últimos 7 kilómetros al 12% de pendiente, con tramos al 18. Me lleva toda una
mañana recorrerlos, pues a cada rato debo parar a recuperar el oxígeno que ya
escasea.
El frío combinado con el fuerte sol de
aldea Chichim obligan a ir bien tapado. Los lugareños visten unas camisas
gruesas que, al pararme para que cosan mi saco de dormir, compruebo que va
recubierto de un plástico duro para proteger del sol. A parte de esto, los
hombres Cuchumatanes llevan unos pantalones rosados a rayas más que llamativos.
Hago toda una tarde de bajada y vuelvo al
asfalto, al tráfico y al calor. Tras el silencio de las montañas, el polvo y el
ruido de los camiones que transportan arena me pone de mal humor, razón por la
cual decido tomar un atajo con durísimas pendientes, aunque eso sí en bajada,
que pondrán los discos de freno al rojo vivo.
Cerca de la ciudad de Huehuetenango me es
difícil encontrar un lugar tranquilo para acampar, pues hay aldeas y casas por
todos los caminos; unido a la cierta desconfianza de los lugareños no puedo
sino desesperarme. Ya de noche acampo junto a un río por el que pasan varios
coches. No había mejor opción.
Sigo rumbo hacia el lago Atitlán a través
de estás pálidas y secas montañas que poco tienen que ver con el verdor de días
atrás. Es zona de canteras y el ruido de los viejos camiones cargados de
piedras es desesperante. Me cuesta pedalear, mi energía se dispersa. A las 3 de
la tarde tiro la toalla, quiero descansar, más aún cuando Nohemí, la dueña de
la tienda donde he parado a tomar un café, me ofrece quedarme en la parte
trasera de su negocio.
Decido descansar para visitar Huehuetenango
y sus ruinas mayas, mientras dejo mi bicicleta en la tienda de Nohemí y hago
una hora de autobús suicida.
Esta ciudad es puro caos: las calles de la
zona 1 (centro) están repletas de vendedores que dejan el espacio justo para
circular a los tuneados autobuses. El segundo en la ciudad veo las ruinas de
Zaculeu. De nuevo
en la furgoneta suicida con 21 personas a bordo y siete asientos, agarrado en
cada curva, recojo mi bicicleta y sigo camino.
Miguel me invita a pasar la noche en su
casa. Trabajó en el estado de Virginia colocando tejados (roofing) y ganando
125 dólares al día en el año 2005, después se aburrió del sueño americano y
volvió con sus ahorros a Guatemala. Ahora tiene una finca con maíz, papas,
acayote, sandías, ganado, una casa y otra que está construyendo. A las cinco de
la mañana me preparo para irme, pues los chillidos del cerdo que están matando
no puede si no despertarme.
En un clarito en el bosque, sin casas y
junto a un riachuelo de agua limpia hago la mejor acampada de estos dos meses
en América. Yo que a las diez suelo estar durmiendo me quedo despierto junto al
fuego hasta la madrugada.
En la turística Chichicastenango cometo el
error de meterme con mi bicicleta en el atestado y estrecho mercado donde
decenas de vendedores y turistas se agolpan para comprar baratijas. Llego un
punto en que el estrecho pasillo por donde voy no tiene salida y quedo “atrapado”,
pues no puedo voltear la bicicleta, un vendedor de fruta aparta sus cajas y por
unas escaleras logro salir del laberinto. Ni me paro a turistear.
Para evitar el tráfico hacia Sololá me
adentro de nuevo por un camino de tierra con subidas al 15% que me harán
empujar la bicicleta toda la tarde. Me planteo, por primera vez en América,
pedir ayuda a una camioneta para subir, pero todas van llenas de gente que va
al pueblo desde estas aldeas.
Estos lugares con gentes de pocos recursos
son buen lugar para que los templos evangélicos desplieguen su vociferado
discurso que se escucha en todo el valle. En un descampado me encuentro con un
joven de unos 20 años, le pregunto si es buen lugar para acampar; con la mirada
perdida empieza a repetir cosas sin sentido en el mismo tono que el pastor, no
se si está drogado o directamente con el cerebro lavado.
Las personas siguen siendo desconfiadas,
así que opto por acampar en el bosque, en una subida junto a un cementerio. En
plena noche unas luces avanzan hacia a mí, al principio solo tres, pero en la
retaguardia aparecen como quince hombres que acaban rodeando mi carpa.
- - Este… Nos han avisado de que
había una luz acá y hemos venido para comprobar qué sucede. Somos las
autoridades
- - ¿Todos?
- - En esta comunidad estamos
organizados, por aquí merodean delincuentes y asesinos. Aunque tú no lo
pareces…
La situación termina por destensarse y
acabo alternando la conversación con el volteo de los frijoles en mi olla.
Empiezan a reírse al ver potencial delincuente en tal situación.
- - Ah que bueno esa cocina. Está
bien acampa esta noche aquí, pero debes apagar el fuego.
- - Si ya tengo agua aquí – digo
mostrando mi garrafa, desatando las risas.
- - ¿Hay algo que no tengas? ¿Un
televisor tienes ahí?
Llegando al lago Atitlán por unas bajadas
que de nuevo ponen mis frenos ardiendo me encuentro con una calle en obras de
un kilómetro de largo: decenas de zanjas la atraviesan de lado a lado. La única
forma de pasar es con las tablas que hay: coloco la tabla, paso la bici y la
llevo hasta la siguiente zanja, así durante un kilómetro. Unas calles más,
llego a la bonita Panajachel y empiezo a bordear el lago Atitlán con vistas a
los volcanes San Pedro y Atitlán que llevan sumidos en el sueño por 700 años.
Antes de llegar a San Antonio encuentro una
parcela abancalada que llega hasta la orilla del lago, el señor que acaba de
trabajar me lleva a ver al guardián que da el visto bueno a que pase ahí la
noche, pero quizás no ubica el lugar donde le digo, ya que al montar la carpa
el encargado me pide 50 quetzales por acampar (unos 7 euros) en un lugar que
pronto será un hotel, ya que andan negociando la venta del terreno. Accedo a pagarlos
a cambio de dos noches de acampada.
Por las estrechas calles de San Antonio
hago una visita a la iglesia. En el pasillo central una mujer está de rodillas,
mientras enuncia su rezo en voz baja y dialecto Kiché empieza a avanzar hacia
el altar muy despacio y de rodillas, al cabo de unos minutos llega y empieza a
retroceder también arrodillada. Cuando, después de 20 minutos, me voy ella
sigue ahí.
Dos días después salgo del lago del lago
Atitlán y me preparo para encarar la rampa definitiva con dos kilómetros al 17%
de pendiente y algunos tramos del 22%. Una pared que obviamente es imposible
hacer sobre la bicicleta. Llego agotado a la aldea de Aguas Escondidas, donde
un par de mangos me devuelven a la vida. Esa tarde asciendo de nuevo a los 2500
metros y el pueblo de Patzún pone fin a un mes de durísimas montañas que empecé
en el estado mexicano de Chiapas.
Bajo a la bonita y turística Antigua
Guatemala: ciudad colonial y antigua capital del país, de calles empedradas,
con numerosas iglesias, algunas semiderruidas, e invadida por el turismo
extranjero.
Me acerco a la costa y los pueblos por aquí
transmiten un ambiente de mayor inseguridad, no hay una tienda que no tenga
rejas, ni siquiera se puede entrar a ellas, llamativo ver cómo se juega a las
máquinas tragaperras desde la calle a través de los barrotes. Esa noche acabo
acampando entre los volcanes Acatenango y de Fuego, este último pasará la
mañana entre las fumarolas que salen de su cráter.
Una bajada de 80 kilómetros, que hacía un
mes que no recorría en un solo día, y llego al puerto San José, en la costa del
Pacífico. Continúa una atmósfera de “mala vibra” por aquí, con comercios
enrrejados que impide su acceso, el ruido del tráfico ocupa todas las calles,
entre eso y el fuerte viento de las playas va a ser difícil encontrar un lugar
para acampar. Avanzo unos kilómetros hacia Puerto Quetzal, un pequeño pueblo de
pescadores con un ambiente algo más tranquilo. Paso una hora buscando lugar para
acampar y lo más apto que encuentro es un descampado lleno de escombros y un
hotel de 4 estrellas destinado al turismo extranjero, situado en mitad de la
pobreza, a 50 dólares la noche. Ya de noche alguien me habla del complejo
deportivo “Paraíso”, situado a las afueras, me dirijo allí y encuentro un
camping lleno de césped y enormes árboles tropicales donde puedo poner la
tienda por 3 euros la noche. Por la circunstancia que traigo verdaderamente me
parece “el Paraíso”. Pasaré seis noches ahí.
Además de camping es un campo de fútbol con
mesas y una zona de pesca, por el contrario tendré unas noches de calor
tropical infernal que pasaré con la tienda abierta embadurnado en repelente
ante las avalanchas de mosquitos.
Pasó cinco días leyendo, poniendo al día el
diario, descansando en la hamaca que la tenía olvidada, rodeado de iguanas y
peces que no paran de saltar del poco profundo rio. En la tarde me dirijo a las
playas, pero el fuerte viento y las olas hacen casi imposible un baño de más de
un minuto.
En la cuarta noche unos tipos han llegado
desde la capital para pescar, lo hacen con redes en el pequeño rio sacando
numerosos peces que usan para hacer un caldo que para mí es asqueroso. Me uno a
ellos entre cervezas y me acabo yendo a dormir de madrugada.
Nada más entrar a la tienda, en pleno
silencio, empieza un alboroto de pájaros y monos de entre los frondosos árboles
que empiezan a zarandearse: un terremoto. Al principio es un fuerte temblor y
durante algo más de un larguísimo minuto la tierra seguirá temblando hasta
calmarse por completo. Me asusto y no puedo sino imaginarme un tsunami
proveniente del cercano Océano Pacífico. A la mañana siguiente corroboro que se
trata de un seísmo de 5,5 grados Richter, con epicentro a 30 kilómetros de
aquí. Cuando pregunto a la señora del camping no parece nada sorprendida de lo
ocurrido.
El día que salgo compruebo los efectos de
la salinidad: la cadena y toda la transmisión de la bicicleta están totalmente
secos e incluso oxidados, pongo lubricante y apenas unos minutos después vuelve
a estar seca. Se acabó meter la bici en la arena.
En el río los Esclavos tomo una lancha para
atravesar 15 kilómetros de manglar. En algunos puntos el rio es bastante
estrecho pero el experimentado piloto va sorteando las curvas con facilidad.
Lleva 30 años haciendo ese recorrido cada día.
En la tarde me topo con caminos de tierra y
ripio ondulado que me dejarán temblando hasta el cuero cabelludo. A penas a dos
kilómetros de la frontera y después de 80 recorridos, Julio me ofrece quedarme
en su casa. Trabaja haciendo fletes con su camioneta, su hobby es pescar con un
arpón para luego regalar su mercancía y afirma que la picadura de alacrán
previene de los infartos. Estuvo varios años en los Estados Unidos pero no le
fue muy bien para encontrar trabajo. Su esposa es salvadoreña y cada 90 días
debe cruzar la frontera para prorrogar su estancia, conocen bien el pasado del
país a donde me dirijo.
- - Hace unos años no hubieras
podido entrar ahí, esos mareros tenían todo controlado. Una vez fui al mecánico
allá, los cristales delanteros del carro eran negros y apenas entro al taller
ocho tipos aparecieron para preguntar al mecánico quién era ese tipo oculto en
el carro, me dijeron que bajase ¡ay mi madre que miedo cuando yo vi a esos
hijos de su madre, con esa mirada y tatuados hasta los ojos! Tuve suerte, bien
podrían haber disparado sin preguntar.
Y continúa su esposa:
- - Esas personas ya no tienen
corazón por tanto que mataron, se les fue el alma. Donde yo vivía vi como
mataron a una persona en plena calle. Pero ahora está sano. Gracias a este
presidente que Dios nos trajo y metió a todos esos bandidos entre rejas.