RUMANÍA
Agosto de 2024
En el enésimo día de calor, tomo el pequeño ferry que cruza el Danubio hasta el puerto de Zimnicea. Nada más bajar del barco me encuentro con otro ambiente, el policía me da una amable bienvenida y otro hombre me da una botella de agua desde su coche.
En el pueblo compruebo un pinchazo, que no tenía desde
Armenia. Quién me iba a decir que en los últimos dos meses tendría solo dos
pinchazos, después de la racha en Albania y Macedonia y después en el
Kurdistán.
Avanzo por el plano sur de Rumania, entre maizales, girasoles y tierras casi abandonadas sin tregua del Sol que estará calentando hasta el atardecer. Voy comprobando el rural rumano: casas humildes y muchas calles sin asfaltar, similar a Bulgaria, el sur es la zona menos desarrollada económicamente en Rumania.
Ya casi de noche me dirijo hacia una iglesia ortodoxa sin
mucha expectativa de que me dejen dormir; para mi sorpresa, el hombre que se
encarga del mantenimiento me ofrece quedarme bajo un pequeño porche,
indicándome donde puedo llenar agua y usar el baño
-Por la mañana
hay una misa importante a las 8, no te sorprendas si ves mucha gente por aquí
Esa noche el calor no me deja dormir hasta la madrugada y
cuando despierto son las nueve, pero lejos de haber mucha gente apenas unas
veinte personas merodean por el recinto de la iglesia. Mientras recojo varias
mujeres me agasajan con bolsas de snacks y hasta un estofado de pollo con
patatas. Guardo todo en la alforja y me despido de esta amable gente.
En este pueblo he conocido también a varias personas que hablan español, antiguos emigrantes o familiares de emigrantes que han terminado aprendiendo el castellano; la similitud entre las dos lenguas de origen latino hace que sea algo no muy complicado. Esta será la dinámica en Rumanía: encontrar gente que me hace sentir como en casa.
Después de un día más entre humildes pueblos y un calor
agobiante llego a otro pueblo con idea de dormir en la iglesia. Pregunto a una
mujer que pasea en bicicleta y me contesta en español.
-Yo trabajo todo
el año en Huelva recogiendo fresas, ahora estoy de vacaciones. El padre no está
hoy en la iglesia, pero espera, te ayudaré.
Nelut, su marido, se dirige a mi en un acento sevillano
-Bueno y tu ¿Qué
eh lo que haceh por aquí? ¿cómo que estah por aquí?
Cogemos buena onda y tomamos unas cervezas en su casa. Orgullosos me enseñan la casa que están terminando, después de mucho sacrificio, a la que se mudaran en unos meses. Esa noche me quedo en su actual casa: pequeña, con un techo de uralita que guarda el calor de estos días en la casa, con la letrina afuera y con dos horas de agua al día, pues con la sequía hay restricciones.
En un extraño pueblo cerca de Pitesti me recorro las
pequeñas tiendas en busca de alguien que hable español. Un tipo borracho que
trabajó en la construcción en Alicante durante el boom inmobiliario se ofrece
ayudarme
-Mucho tranquilo,
vas a tener lugar para dormir, mucho tranquilo
Después de media hora escuchando las mismas palabras pierdo
las expectativas y sigo rodando por el pueblo. Finalmente veo a una ciclista y le pregunto si conoce a un lugar para
dormir
-Mi casa
Daniela es socorrista en una piscina de Pitesti, va en bici
todos los días y hace rutas por la montaña. Tiene 45 años pero podría pasar por
unos cuantos menos. En la noche me deja su cama de matrimonio, que le repito hasta la saciedad que no necesito, pero finalmente me quedo en la cama y ella se echa sobre el sofá.
A la mañana siguiente en Pitesti busco para cambiar el dinero de Bulgaria que aun llevo y cuando estoy saliendo de la ciudad veo una piscina, apenas me paro a la entrada y me encuentro de nuevo con Daniela.
Me preparo ahora para uno de los grandes y bonitos puertos de montaña de Europa: el Transfagarasan, una carretera construida en los años 70 que atraviesa la montaña Moldaveanu, la más alta del país a 2000 metros de altitud. En la mañana vuelvo a encontrar a unas personas que han trabajado varios años recogiendo fresas en Huelva y me ofrecen agua. En la tarde llego al ultimo pueblo antes de encarar la montaña, un hombre me aconseja no alejarme mucho del pueblo para acampar, pues hay osos.
- Pero los osos
estarán bosque adentro ¿no?
- Si pero no te
alejes mas de un kilómetro del pueblo
A penas 500 metros y junto a un puente encuentro a una pareja de osos pardos cruzando la carretera, parecen acostumbrados a ver a las personas y no son nada agresivos; aún y todo vuelvo al pueblo y acampo en una finca de manzanos, a riesgo de encontrarme con el dueño. Por la mañana empiezo la subida, y pocos metros después de donde encontré a los osos vuelvo a encontrar una pareja a un costado de la carretera, lamiéndose las patas con su larga lengua.
Entro en un bosque espectacular, mas aun cuando abandono la
carretera principal, atestada de coches de turistas, y me adentro por un camino
que rodea el lago Vidraru. No me acabo de fiar para poner la tienda de campaña
y ya en la tarde voy a un camping, me sorprende que no está protegido por
vallas pero el dueño me dice que no hay osos aquí.
El camping es mas que agradable, se puede coger leña,
encender fuego y usar la ducha. Dia siguiente subo a pie hasta el Trei Pase
de Moarte (Tres pasos de la Muerte): una afilada cresta de montaña a 2300
metros de altitud, que unido a los 20 kilómetros caminando me dejan echo polvo.
En el camping conozco a Adi, trabaja como cartero en Alemania y es todo buenas maneras. Con él y sus amigos
paso la noche junto al fuego, bebiendo vino y compartiendo la cena. Al dia
siguiente Adi y sus amigos se marchan, yo estaré un día mas pues aun tengo las
piernas en tensión por la caminata, lo malo es que no tengo comida y en el
camping solo venden hamburguesas. Adi me deja toda la comida que les ha
quedado y me regala una silla portátil que a mi espalda le vendrá de maravilla.
Me despido de estas buenas personas.
Al día siguiente me preparo para el gran Transfagarasan, a medida que sigo escalando los arboles desaparecen y aparece la pampa de alta montaña. Entre la carretera atestada de coches, pues es domingo, alcanzo la cima y tomo un pequeño almuerzo con unas vistas espectaculares, sin embargo, esta marabunta de turistas por todas partes no acaba de conectarme con este espectacular lugar, así que sin mas dilación hago el túnel y comienzo la bajada.
Bajo y entro a la región de Transilvania, que el serbio Dragan me recomendó visitar. Ilia es el encargado de la Iglesia y su mujer lleva varios años trabajando en España, él ha aprendido español en apenas unas visitas que ha hecho a Madrid. Me invita a cenar y llama al padre, que hoy no está en la iglesia, pero por teléfono me ofrece un cuartito de la iglesia.
Paso por la bonita ciudad de Sibiu “la ciudad de los ojos”, pues los empinados tejados de las coloridas casas tienen ventanas similares a unos ojos.
En el pueblo de Alamor pregunto de nuevo para dormir, un
hombre me ofrece, no muy convencido, su jardín para dormir, pero parece que sus
vecinos no están muy convencidos. A la casa llega un tipo algo arrogante y
enfundado en un traje, una vez dentro y desde la ventana le dice algo como:
- No metas aquí a
vagabundos
Me largo de esta casa que desde el primer momento no me dio
buena onda. Apenas pregunto en la plaza dónde hay lugar para comprar y uno de
los tipos me dice que espere, al poco aparece su hermana Maria, que lleva
varios años en España trabajando en ayuda a domicilio y no dudan en invitarme a
su casa.
De nuevo entre amables gentes con las que puedo comunicarme
paso una más que agradable noche. Su hermano quien fue a llamarla es pastor,
dice que prefiere dormir en el campo. Por la mañana me despido de María
- Que extraño, es
como si ya te conociese de antes.
Al final uno se encuentra con quien debe de encontrarse.
Me decido ahora a atravesar de lleno Transilvania por las
montañas del parque natural de Apiseni, en un paisaje totalmente verde que poco
se parece a las regiones semidesérticas del sur . Transilvania es la región de las casas e iglesias con altos
tejados, que dan cierto aspecto a película de brujas. No me extraña que este
fuese el lugar donde se inspiraron para hacer escribir Drácula.
En el pueblo de Abrud encuentro a un hombre que trabaja en Zaragoza, está yendo al cementerio a dejar unas flores. Después de contarle llama al cura y este da el visto bueno para que me quede en la iglesia. Al día siguiente estoy agotado por el calor, necesito descansar. Vuelvo al centro del pueblo y paso un día de hotel.
En la fronteriza ciudad de Oradea paso la última noche en
Rumanía, junto a un complejo deportivo. A la mañana siguiente, el encargado de
mantenimiento se ofrece a que me de una ducha en las instalaciones, remarcando
así el buen recuerdo que me llevaré de este país.